viernes, 29 de julio de 2016

De ayudante a propietario

De ayudante a propietario  


Por: Dora González Alvarez

Conozca la historia de un emprendedor que se aventuró en un sector en el cual hay poca oferta.

La necesidad de independizarse y mejorar sus condiciones de vida fueron claves para que Javier Delgadillo montara su empresa Acrilicar, una microempresa familiar formal que elabora focos, pidevías, retrovisores y cualquier pieza a base de material acrílico.

En 1998 entró a un taller de esa misma línea como ayudante, pero desde entonces su visión fue independizarse, aunque para ello el deseo y entusiasmo no bastaban; debía tener un capital para hacer realidad su sueño. Dos años después se unió con otro compañero y lograron juntar 1,200 dólares, que fue su fondo semilla. El primer trabajo fue fabricar una cruz para una iglesia católica, la ganancia la invirtieron en equipos para continuar su proyecto en el que se mantuvieron juntos por 13 años, hasta que hace dos años decidieron independizarse.    

Es ahí donde los retos volvieron con fuerza. Se trataba de resurgir esta vez con la experiencia adquirida. 

 

“La base del éxito ha sido la responsabilidad, puntualidad en la entrega del trabajo, amabilidad con los clientes, precios bajos, calidad del trabajo porque la calidad es la mayor publicidad que se puede hacer porque te recomiendan otras personas”, considera Delgadillo.

Parte del éxito de ese negocio es que el uso de este tipo de piezas permite un ahorro de hasta sesenta por ciento respecto al precio de una pieza original, expresaron algunos clientes.
En ese tipo de talleres la competencia no es mucha pero sí existe al menos en Managua cuatro similares que “han salido de este mismo lugar, van luchando igual cuando yo inicié, porque el mayor reto es conseguir financiamiento, al menos yo no lo tuve; tuve que recurrir a los ahorros y una tía me prestó la otra parte”, cuenta el emprendedor.   

SEMILLERO       


En la nueva etapa de Acrilicar —tras la separación de su socio— solo dos laboraban y en la actualidad el personal está compuesto por cinco miembros de la familia, asegurados.

Flor Meza, su esposa, es la encargada de atención al cliente y facturar. Ella reconoce que cuando le plantearon la idea de iniciar su propio negocio tuvo temor, pero que siempre apoyó a su esposo. “Lo primero que hice fue encomendarlo a Dios, después empezamos a ahorrar, todo el dinero que entraba era para comprar materiales y así poco a poco hemos logrado mantenernos”, destaca. No excederse en los gastos o no comprar cosas innecesarias les permitió lograr sus metas.

El hermano de Javier, Ronald Delgadillo, ha sido un apoyo importante porque lo ha respaldado en todas sus decisiones. “Este negocio familiar se ha logrado porque ponemos todo el empeño para ser los mejores, ahora nuestra visión es otra porque en un futuro pretendo independizarme ya que el nicho de mercado es poco y me da la oportunidad de establecerme”, adelanta.   

     

El matrimonio Delgadillo Meza coincide en que la clave para que un negocio funcione es que haya armonía entre los propietarios y trabajadores para que el trabajo que realicen sea con amor y se logre la calidad, además de que el cliente sienta la satisfacción del servicio brindado, que la hora acordada de entrega de la pieza se respete y sobre todo que el dueño esté trabajando a la par del resto.  

 EN CRECIMIENTO    

En la actualidad reciben trabajos de instituciones del Estado, empresas privadas y negocios independientes, de todos los departamentos del país. Ante esa demanda uno de los proyectos que tienen a corto plazo es conseguir un crédito para comprar nuevos equipos y ampliar los servicios del taller.

Además pretenden iniciar un proceso de tecnificación y capacitación para todo el personal, lo que les permitiría innovar en algunas de las piezas que elaboran.  

CONTACTO   

Propietario: Javier Delgadillo.
Dirección: Semáforos de la Asamblea Nacional, siete cuadras y media al oeste, mano derecha.
Teléfono: 2250-5043.     

Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua.  
Sección: Economía.
Viernes 29 de Julio del 2016. 

domingo, 24 de julio de 2016

El nica que hace diesel con plástico

Germán Jiménez es un nica que inventó una máquina que puede procesar plástico y convertirlo en diesel. Revista Domingo le cuenta su historia.     

El nica que hace diesel con plástico      

Germán Jiménez utilizando los equipos más modernos de su proyecto de elaboración de diesel con bolsas plásticas.      

Por: Vladimir Vásquez     

El hombre de cabello blanco es Germán Jiménez. Está de pie frente a una pared que refleja los colores de unas lámparas, tiene un micrófono que le recorre todo el cachete y termina con una pelota que recoge el sonido de su voz, proyectándola ante el auditorio. Es una conferencia de TedX y está hablando de su más reciente invento, una máquina que puede procesar plástico y convertirlo en diesel. El primer prototipo, que recibió el nombre de olla tamalera, fue construido con ladrillos y metal y el éxito llegó cuando días después de haber metido plástico, salieron diez gotitas de diesel. “Esa ollita la pusimos a trabajar cuatro semanas, agarramos bolsas de las bananeras y se las echamos y después salieron como diez gotitas de diesel. Ese día celebramos como nunca”, expresa Jiménez ante el auditorio.   

Esta es la historia de un nicaragüense que está teniendo éxito en Costa Rica y que cree que ha tenido muchos golpes de suerte en la vida. Germán Jiménez era un joven cualquiera en la Nicaragua de los años 80. Su familia vivió en la colonia Unidad de Propósitos y estudió su primaria en el Colegio Madre Cayetana Alberta, donde fue uno de los alumnos destacados. Tan buen estudiante era que le tocó representar a su colegio en el programa de televisión El Pollito Intelectual, un programa creado por el fallecido profesor Julio César Sandoval, predecesor de la Liga del Saber.   


La versión más avanzada del proyecto fue elaborada por expertos en ingeniería.       

La versión más avanzada del proyecto fue elaborada por expertos en ingeniería.   


Años más tarde logró obtener una beca para estudiar en el Colegio Centro América. Jiménez usa mucho la frase “me abrió la mente”, para describir los cambios en su vida que le hicieron tener un nuevo enfoque y nuevas metas. Eso fue el Colegio Centro América para él. Un espacio donde aprendió a retarse a sí mismo, ya que según cuenta, los profesores siempre lo animaban a hacer más y mejores cosas. 

Cuando cumplió 15 años, sus padres tomaron una decisión difícil. Lo enviaron a Costa Rica para que no fuese reclutado en el Servicio Militar Patriótico y así es como emprendió su viaje hasta llegar al vecino del sur. “Hay momentos donde aparece más de un camino en la vida”, dice Jiménez ante el auditorio, mientras explica cómo su proyecto logró avanzar y se preparan para producir más de mil litros diarios de combustible con las nuevas máquinas que mandaron a retiro a “la olla tamalera”.  

Pero volvamos atrás, antes de la presentación del TedX en Alajuela y antes que se le ocurriera que podía hacer combustible de bolsas plásticas usadas. Nos quedamos en la parte donde Jiménez se fue para Costa Rica. Allá se fue a vivir donde un tío que le daba alojamiento, pero si necesitaba dinero tenía que buscar un trabajo. Así fue como ese familiar le ayudó para que empezara a trabajar como asistente de cocina. 

Le tocó vivir en Alajuela, una provincia que describe como “poco citadina”, lo que contribuyó para que su estadía fuera mucho más fácil, dado que llegaba de una Nicaragua poco desarrollada. Consiguió una beca para poder estudiar en la universidad y así entró a la carrera de Ingeniería Química, de la que se graduó en 1993.

Su primer empleo como ingeniero químico fue en una empresa de llantas, luego ocupó un cargo en una empresa de plásticos y más tarde se encontró un buen trabajo en la compañía Intel, donde desarrollaba chips de computadoras.

La empresa cerró después de 17 años de operaciones y entonces surgió la oportunidad de empezar su propio proyecto. “Un amigo que conozco desde hace más de 20 años llegó y me comentó: ‘Mirá, hay un señor en San Carlos que nos compra metanol y lo usa para crear biodiesel’”, cuenta Jiménez en la presentación ante el auditorio. Lo lógico en esos casos es pensar que la persona es un químico, pero no, su gran sorpresa fue darse cuenta que el hombre apenas había terminado la secundaria y tenía una empresa de camiones.    

Así empieza a surgir la idea de crear una máquina que pueda convertir el plástico en combustible y más tarde nace “la olla tamalera”, el primer prototipo de este proyecto y cuyos ladrillos él mismo tuvo que colocar, a pesar de no saber nada de la construcción. Pero esa parte ya la saben. Avancemos un poco. Jiménez y un grupo de amigos que ya tenían el concepto de todo entraron a un concurso organizado por el Gobierno de Costa Rica en el que podían lograr un fondo no reembolsable de seis mil dólares para su proyecto. Presentaron el proyecto y lograron obtener el capital semilla para crear un concepto mucho más complejo lleno de grandes tubos que ayudan a convertir el combustible. Y así es como ahora proyectan que en un futuro cercano podrán generar uno mil litros de combustibles diarios y más adelante, eso podrá convertirse en toneladas. Y es que esas máquinas que construyeron pueden producir gasolina, diesel y otros hidrocarburos que luego serán comercializados. 

La olla tamalera. El prototipo que dio origen al proyecto.        
La olla tamalera. El prototipo que dio origen al proyecto.       


Según expresa Jiménez, en conversación con LA PRENSA, quizás más adelante ellos podrían venir a Nicaragua y poner una de esas plantas de bajo costo para procesar el plástico y así darle trabajo a las personas que se dedican a la recolección. Prueba de ello es que en Costa Rica ya tienen prevista una alianza con un grupo de unas 500 personas recolectoras que recibirán un pago por el plástico que puedan entregar.

Por ahora dice que no admiten socios capitalistas en el proyecto, pues a pesar que buscan darle rentabilidad, tratan de hacer una obra social que permita contribuir con el medioambiente y a la vez darle empleo a otras personas. Por eso ahora están intentando obtener un fondo reembolsable de 50 mil dólares que les permitirá ampliarse y concluir con su sueño. “Si ustedes tienen una idea, conviértanla en un prototipo y ahí es donde se va a vender”, expresa Jiménez ante el auditorio.

Jiménez agradece al auditorio y hace un saludo que casi parece una reverencia, mientras el auditorio aplaude por la charla motivacional que quedó inmortalizada en YouTube.  

Si su proyecto lograra ampliarse y poner una planta en Nicaragua, Jiménez pondría a su papá Germán Jiménez a cargo de las ventas y el manejo de la planta. ¡Ah! Es que eso no se los conté. El señor Jiménez entró en el 2014 al Salón de la Fama del Beisbol Nicaragüense por completar cien jonrones y ser un destacado deportista que se retiró en 1984. Jiménez Bustos ahora tiene un negocio en el centro de San José, pero esa, esa es otra historia.     

Germán Jiménez (frente) y su padre Germán Jiménez Bustos (detrás), durante una gira familiar por cinco estadios de beisbol de Estados Unidos.       
Germán Jiménez (frente) y su padre Germán Jiménez Bustos (detrás), durante una gira familiar por cinco estadios de beisbol de Estados Unidos.      


Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua.   
Suplemento: Domingo.  
Domingo 24 de Julio del 2016.     

 



 

jueves, 21 de julio de 2016

Acarician el éxito de lo intangible

Acarician el éxito de lo intangible      


Por: Wendy Alvarez Hidalgo    

Alejandra Romero estaba en la universidad cuando su celular comenzó a sonar. Era su entonces novio Ramsés Rivas quien llamaba para comunicarle una decisión que la dejaría estupefacta: “renuncié a mi empleo y voy crear mi propia empresa. ¿Te querés sumar?” Ella estaba en su último año de la carrera de Derecho y él tenía varios años trabajando para una empresa instalando redes, reparando computadoras o desarrollando software para compañías comerciales, pero ninguno tenía experiencia en cómo manejar un negocio, cómo dirigir un personal o cómo obtener un capital semilla para echar a andar una idea de negocio. Pronto entrarían a un terreno desconocido, pero prometedor.  

De lo que estaban claros es que querían emprender y Alejandra estaba ahí para ayudar a Ramsés a hacer realidad un sueño que agarró más fuerza desde que estudiaba Ingeniería en Sistema en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI). Ramsés se afianzó de su convicción de que: “nosotros los nicaragüenses tenemos la capacidad de crear tecnología desarrollando software tan competitivos como los que vienen de afuera”.  

Fue así como con su liquidación y un préstamo facilitado por un amigo y tras hacer números llegó a la conclusión de que para comenzar el negocio necesitaban: una computadora portátil, un celular, un escritorio, una pequeña oficina y una persona que se encargara de los aspectos administrativos del negocio, lo que asumió Alejandra. El capital semilla: 3,000 dólares. 

Cuando Ramsés renunció a su empleo sintió miedo. “Tenía miedo saber que ya no iba a ir al cajero los 15 y 30 de cada mes a recoger mi salario y que ahora debía salir a las calles a buscarme la vida”, relata. 

Los primeros pasos de lo que hoy es Beê Business Suite fueron difíciles. Ambos emprendedores tuvieron que talonear las calles en busca de clientes. Ramsés aprovechó su contacto con las empresas donde había ofrecido su servicio y fue así como logró de entrada garantizarse cinco clientes.  

En el portafolio comenzaron a ofrecer software estándar, es decir que no son modificables y que solo los vendían a negocios vinculados al sector comercio. Alejandra explica que el salto de la empresa se dio cuando optaron por el diseño de software desarrollados a la medida, que son aquellos que se diseñan según la necesidad del cliente.  

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El estándar por ejemplo se usa en los restaurantes, farmacias, librerías, empresas de servicios, ferreterías, entre otros, mientras que el software a la medida es demandado por empresas de transporte, control de ganado, control de producción, control de óptica, control de centros médicos, explica Alejandra. Esta innovación en la carpeta de servicios de la empresa junto con la calidad de cada uno de estos productos, fue lo que permitió que la empresa creciera rápidamente hasta tener hoy en su base de clientes a más de 200 empresas.    

Pero Ramsés y Alejandra no solo se limitaron a innovar en sus productos, sino que también apostaron por un nicho de mercado al que muy pocos lo hacen: las pequeñas y medianas empresas (pymes). En este segmento de mercado ambos emprendedores descubrieron que no solo hay necesidad adaptar estos sistemas digitales, sino que también se requiere de capacitación porque “el conocimiento ahí es muy empírico” en el uso de estas herramientas tecnológicas. La capacitación y asesoría es otro valor agregado del negocio. Hoy por hoy las ventas de esta empresa crecen más del 90 por ciento anual.   

“La mayoría de nuestro crecimiento es de boca en boca, un informático le cuenta a otro, otra empresa le cuenta de la calidad de nuestras soluciones tecnológicas, así hemos crecido, casi el ciento por ciento de nuestro crecimiento ha sido por eso”, afirma.

Desde que nació, en 2004, Beê Business Suite se han diseñado 30 tipos de software, algunos de los cuales han sido patentizados, otros no porque, según Ramsés, el problema es que registrar en Nicaragua este tipo de producto es carísimo (unos 120 dólares) cuando en países de la región cuesta unos 20 dólares. Además cada vez que se actualiza un software se paga como si fuera un nuevo producto, algo que no es así en otros países.   

LOS MOMENTOS DIFÍCILES      

A Ramsés una sensación de angustia mezclada con alegría lo embarga cuando mira hacia atrás. Recuerda que una vez obtenida las herramientas básicas para comenzar el negocio y a medida que este venía creciendo se vieron en la necesidad de contratar a otro ingeniero en sistemas para cumplir en tiempo y forma los pedidos de los clientes.   

Fue así como la planilla pasa de dos a tres personas, pero el salario del tercer trabajador siempre era motivo de preocupación porque cada mes debían garantizarlo. “Si en el momento que decidí emprender este negocio hubiese sabido todo lo que debía pasar para llegar hasta lo que hoy somos, creo que lo hubiese pensado y posiblemente hoy sería un empleado”, sonríe.

Y no es para menos. Con grandes dificultades, ambos empresarios cada mes reunían el salario del tercer trabajador y para garantizar la compra de la leche de su hija, que nació tras contraer matrimonio, al mismo empleado, que era un amigo cercano a ellos, les prestaban dinero para suplir esa necesidad.

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A medida que iban creciendo la planilla también se incrementaba. Pero Ramsés y Alejandra se topan con un nuevo obstáculo: no sabían administrar personal, pero además la presentación de ambos no era la adecuada. “Nosotros no entendíamos qué era ser empresario, había una alta rotación de personal pese a que los tratábamos bien. Luego supimos que no habíamos puesto las reglas claras de la empresa”, admite Alejandra.

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 LA CAPACITACIÓN        

 Actualmente estos emprendedores forman parte de un programa de capacitación de la organización de soluciones empresariales contra la pobreza, TechnoServe, donde han aprendido a mejorar la imagen de la empresa, cómo buscar más clientes potenciales, cómo presentar el producto. “El problema de nuestro producto es que no es tangible y toca trabajar mucho con la mente de la persona para convencerlo de que te compre”, afirma la empresaria.

Después de varios años de maduración, Ramsés y Alejandra ven a su compañía dentro de cuatro años en un local de tres plantas, con uso de energía solar, incrementar la planilla de 11 a 22 y las ventas esperan que crezca un 320 por ciento.

Ambos emprendedores aconsejan a las personas que tienen idea de negocios a no tener miedo y dar el paso decisivo de una vez. “Hay que lanzarse al mercado, ¿qué es lo peor que te puede pasar?”, dice Alejandra.

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Contacto:
Propietarios: Ramsés Rivas y Alejandra Romero.
Dirección: Autolote El Chele de Altamira 2 cuadras al oeste, una cuadra al norte y cuadra y media al oeste.
Teléfono: 82375012 / 83314890
Correo: ramses.rivas@beesys.net
Web: www.beesys.net      

Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua. 
Sección: Economía.
Jueves 21 de Julio del 2016. 
Fecha Original: Miércoles 20 de Julio del 2016.  





 

      




viernes, 1 de julio de 2016

Bordan el éxito con tradición

Tras graduarse de Diseño Industrial decidió transformar el negocio familiar en una empresa que combina el éxito con la tradición.   

    

 

Por: Lucydalia Baca Castellón        

Crecer entre diseños infantiles, telas e hilos de bordar impulsó a Lilliam Marisol Téllez Mercado a estudiar Diseño Industrial, y desde que se graduó en 2005 su meta ha sido modernizar el taller de ropa infantil que su madre, Lilliam Mercado, manejaba desde 1985. Actualmente una de las metas de Bordados Marisol es fortalecer una nueva línea de productos que llamarán artística —incluye diseños exclusivos para iglesias— y paralelamente trabajan en el posicionamiento de sus productos en el mercado salvadoreño.

“Crecí con la idea de que este negocio me gustaba, por eso estudié Diseño Industrial porque siempre tuve la visión de que dedicarse al trabajo artesanal vale la pena. No fui como muchos hijos de artesanos que al crecer no quieren saber del oficio. Yo no, yo decidí que este negocio era rentable y que se podía mejorar y salir adelante”, asegura Téllez.

Al graduarse Lilliam Marisol siguió su instinto, se integró de lleno al taller y a lo inmediato inició un proceso de modernización. El primer paso fue reestructurar la pequeña empresa, su padre Roberto Téllez decidió poner fin a varias décadas de trabajo en diversos bancos para hacerse cargo de las finanzas del negocio familiar. Y con apoyo de un proyecto del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), iniciaron la transformación tecnológica del taller.  

“Debido a esos cambios ahora tenemos una contabilidad formal con un programa específico para la empresa y el taller se amplió. De ocho máquinas pasamos a tener 16, incluidas varias Overlock industriales y planas eléctricas. También se ordenó toda el área de producción y se definieron las líneas de productos, se introdujeron algunos que no se elaboraban como bolsos y accesorios y se mejoraron los diseños de las prendas de vestir”, relata Téllez.

Esta transformación permitió que la producción pasara de unas cuantas piezas a la semana a un promedio de cien, y que la fuerza laboral pasara de tres a 12 personas, entre costureras, bordadoras y vendedoras.

     


 CAPACITAN A SU PERSONAL    

Como la mayoría de empresas, esta también ha enfrentado la carencia de mano de obra calificada y se ha visto obligada a capacitar a su personal.

“Nosotros les damos la oportunidad a jóvenes que quieren aprender el oficio, mi mamá les enseña y la mayoría se ha quedado mucho tiempo con nosotros, porque el bordado tradicional es algo que está desapareciendo y no se encuentra gente que sepa hacerlo, incluso hemos tenido muchachas que con su salario han pagado sus estudios y se han vuelto profesionales”, dice Téllez Mercado.

Paralelamente inició el proceso legal de registro de la empresa que nombraron Bordados Marisol, bajo el lema “uniendo lo tradicional a la moda actual” definieron las líneas de producción.   

“Porque ese es nuestro objetivo, el rescate del bordado tradicional pero incluyéndolo en prendas de vestir que sean atractivas para la mujer actual. Y aunque también hacemos piezas tradicionales hemos innovado en el diseño y corte de las piezas”, dice Lilliam Marisol.

Las líneas de producción que tiene esta empresa familiar son: prendas de vestir para dama, prendas para caballeros (especialmente camisas guayaberas), bolsos y accesorios y la línea infantil.   

   


 INNOVAR ES UNA DE LAS CLAVES     

Aunque Lilliam Marisol es quien impulsa los cambios y está a cargo de los diseños, su mamá sigue a cargo de la línea de producción de ropa femenina y de la administración, porque “este negocio siegue siendo su vida, lo que le permitió concretar su sueño de ser independiente. Además ella fue quien inició la empresa con una máquina que mi papá le compró para que elaborara las piezas que luego entregaba en las tiendas”, dice.

Además de ofrecer las prendas en la sala de ventas situada en las instalaciones de la empresa, a nivel local también tienen distribuidores en Estelí y Granada; y a nivel internacional en El Salvador y Costa Rica. También realizan ventas a través de la página de la empresa en Facebook.

El salto al mercado internacional fue a través de los clientes extranjeros que han visitado el taller y que han decidido llevar las prendas al exterior por la calidad de las mismas.    

       


 La clave del éxito de esta empresa familiar en su tránsito hacia el relevo generacional y el crecimiento ha sido, según Lilliam Marisol escuchar la opinión de su madre por ser la persona que más sabe del negocio. Una excelente comunicación y el respeto entre los tres miembros de la familia que comparten responsabilidades en la empresa. Y finalmente, innovar constante.

“La innovación nos ha hecho avanzar mucho, de hecho hemos recibido dos premios por innovación. En 2012 ganamos el primer lugar de un concurso de innovación y diseño promovido por Movistar y Cadimo cuyo premio era una asesoría por dos años. En el 2014 recibimos un reconocimiento del Ministerio de Cultura por el rescate del bordado tradicional que es una técnica artesanal muy elaborada y ese año ganamos el segundo lugar del concurso nacional de artesanías”, detalla Téllez Mercado.

Los planes para seguir creciendo incluyen potenciar el mercado salvadoreño, fortalecer la línea artística para las iglesias católicas que incluye piezas únicas como manteles, mantos y otros, y seguir innovando con las guayaberas.    

 

 Contacto     

Bordados Marisol está ubicado en Masaya, en el costado oeste frente a la antigua Estación del ferrocarril. Su teléfono es el 2522-3091. El correo electrónico: lilliammarisol@yahoo.com. La dirección de su sitio web es: http://bormarisol.wix.com/bordadosmarisol y en Facebook se encuentran como: Bordados Marisol. 

     


Bordados Marisol    


Bordados Marisol          



Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua.
Sección: Economía.
Viernes 01 de Julio del 2016.    





viernes, 29 de abril de 2016

Pan con sabor a éxito e innovación


 Por: Wendy Álvarez Hidalgo



Cuando en Nicaragua nace una panadería, su posibilidad de sobrevivir es casi cero. La mayoría recibe su “acta de defunción” un año después. Y si logra con éxito transitar por la ruta crítica del primer año, su supervivencia puede extenderse hasta los diez años, luego solo dos condiciones pueden salvarla de la extinción: un buen plan de relevo y tecnología. Dos ingredientes de los que carecen el noventa por ciento de los más de siete mil panificadores que existen en el país, entre pequeños, medianos y grandes. Esta es una de las razones por las que, según datos de la Cámara Nicaragüense del Pan, en la última década han “muerto” unas 40 pequeñas panificadoras, 20 medianas, y entre tres y cinco grandes, o sea un poco más de sesenta empresas de este tipo.

Pero no todos los planes de negocios relacionados con el pan están condenados a morir. A excepción de otros emprendedores, hace 15 años Rita Reyes y su esposo Roberto Vargas decidieron reescribir la trágica historia de la industria panificadora en Nicaragua, sin imaginar que la receta que incorporaron a su inicial plan de negocio serían tan perfecta que no solo les iba a permitir crecer a paso agigantado sino también que hoy están a punto de pisar tierras foráneas con sus productos elaborados a base de harina.   

     
Rita Reyes (a la izquierda), Gerente General de Procinsa, operadora de tres marcas de pan, muestra junto a su Jefa de Producción, el nivel de innovación en los productos que comercializan en todas partes del país.

Cansados de consumir a diario el mismo pan simple artesanal y tras conocer la experiencia innovadora en otros países de Centroamérica, el matrimonio Reyes Vargas decidió apostar por una idea de negocio que hacía un buen tiempo le venía dando vueltas: abrir puntos de venta de pan recién salido del horno, llamados puntos calientes.  

Abrir estos locales, sin embargo, sabían que no resultaría sencillo. Requerirían de una fuerte inversión, pero eso no los desanimó. Y tras hacer cuentas y atraer como socias a dos familias más, lograron reunir un capital semilla de 110 mil dólares, dieron el paso definitivo. Así nació y comenzó a gatear BuonPan, un término en italiano que en español se traduce: buen pan.  

   


De entrada se contrató a 15 personas para siete locales, distribuidos en varios supermercados y hasta mercados populares (Iván Montenegro y Mayoreo) de Managua donde se instalaron puntos calientes.

“Eran días de locura”, recuerda Rita, quien tras dedicarse por años a administrar otros negocios ajenos, decidió cerrar ese capítulo de su vida profesional para emprender junto con su esposo el negocio que cambiaría el curso de sus vidas.  

           


La clave inicial fue no sentir miedo a emprender. Fue el deseo de hacer algo distinto en el mercado panificador lo que empujó a este matrimonio a echar andar la idea, pese a que no tenían conocimiento sobre cómo se elaboraba el pan.

De lo único que estaban claros es que eran amantes de este alimento, el que nunca fallaba en la mesa. “Queríamos demostrar que en Nicaragua se podía hacer un buen pan y no que viniera una empresa extranjera a enseñarnos, esto se convirtió en un reto personal”, afirma.   

                


Para superar la barrera del conocimiento, optaron por contratar a un experto en la fabricación de pan, se lo trajeron del exterior. Se comenzaron a elaborar cuatro tipos de panes, cuyo éxito de modelo de negocio llegó a oído de otras cadenas de supermercados, las que pidieron también tener ese tipo de puntos calientes, naciendo así Mi Pancito.

Durante el proceso de crecimiento, Rita tuvo días muy difíciles. No resultaba fácil supervisar cada uno de los puntos, “pasamos casi cuatro años que nos dábamos contra las paredes”, dice la emprendedora, quien debía lidiar con la administración del negocio y la llegada de su cuarto hijo.      

               


Buscó asesoría. Desesperada por la manera rápida de cómo venía creciendo el negocio, llamó al director de la Escuela de Panificación de Panamá pidiéndole ayuda. Al llegar a Nicaragua, lo primero que le recomendó fue centralizar la zona de producción y eso implicaba repensar la forma en cómo se venía produciendo el pan y además cerraron los locales en los mercados, cuyo costo de operación era elevadísimo. De lo que estaban claros es que esa unificación de área de producción no debía sacrificar el sentido original del negocio: vender pan caliente.

Es así como esta empresaria comenzó a investigar sobre las tendencias a nivel mundial. Y fue como llegó a la fórmula de los panes precocidos congelados. “Es toda una tecnología que consiste en que nosotros horneamos el pan hasta cierto punto, es decir no le damos la cocción completa, lo congelamos y lo llevamos congelados a los puntos y allá nosotros lo terminamos de hornear”, explica.   

         


Esto les ha permitido estandarizar la calidad de los panes que se venden bajo las tres marcas que ahora operan. La tercera es Rico y Saludable, que nació de su interés por seguir innovando y apostando por una nutrición más sana entre los nicaragüenses.

Rita, quien se declara amante de la cocina, asegura que ninguna receta en este negocio está terminada. Cada una está en constante evolución. Experimenta con uno y otro ingrediente hasta que logra un producto de alta calidad.   

             
Rita Reyes, Gerente General de las marcas Buon Pan y Mi Pancito,  
muestra parte de la producción.  


Su crecimiento es tal que en un principio procesaban veinte quintales de harina por mes y hoy son 800 quintales los que venden en productos. Y además, el menú de tipos de panes supera las cien variedades.

A medida que han crecido a través de la innovación constante, han creado las condiciones económicas para ir accediendo a préstamos, los que reinvierten en tecnología en su planta de producción. “No nacimos como empresa enorme, sino que a medida que íbamos creciendo íbamos invirtiendo”, dice mientras observa desde un vidrio en su segundo piso la planta procesadora de pan que hace 15 años vio nacer.

Ahora la vida ha llevado a este matrimonio a otro reto: saltar a los mercados internacionales, los primeros pasos para vender sus productos fuera ya están dados.    

Contacto

Contacto: Rita Reyes, gerente general de Procinsa.
Teléfono: 2293-6321,
Dirección electrónica: mipancito@procinsa.net
Dirección del local: Kilómetro 10 y medio Carretera a Masaya, de la Gasolinera Uno, 450 metros al oeste.


Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua.
Sección: Reportaje Especial.  
Viernes 29 de Abril del 2016.  











martes, 12 de abril de 2016

Un hombre bendecido

Después de varios meses sin trabajo, un hombre se aventuró a vender frescos a la sombra de una hilera de chilamates.   

Un hombre bendecido       

Buseros, taxistas y carros particulares reducen al mínimo la velocidad para comprarle frescos a este hombre, jefe de familia, que estuvo meses sin trabajar.   

Amalia Morales   

La sombra de los cinco chilamates baña el andén, la avenida y el frente de varias casas en Batahola. En ese punto, Carlos Romero, quien estaba sin empleo, se animó a fundar su negocio informal.

Al no hallar empleo formal, su mamá le había aconsejado vender frescos naturales, ella se los iba a hacer, le llamó la atención la idea, pero no sabía dónde venderlos. Un día pasó debajo de los cinco solitarios chilamates, adelante de la antigua Embajada de Estados Unidos, no había nadie vendiendo nada allí. Pensó que era el punto ideal para vender refrescos y en seguida puso manos a la obra.   

Carlos Romero no ha dejado de madrugar. Cuando tenía empleo formal se levantaba a las cinco de la mañana para alistarse, salir a la calle a tomar un bus y llegar a las siete de la mañana a su trabajo, al otro extremo de la ciudad. Ahora lo hace porque se levanta a colaborar con su esposa en los quehaceres domésticos. Tiene una hija de año y medio y otra de siete que va a la escuela. “Me levanto, hago el desayuno, ayudo con la niña… barro”, dice Romero, de 35 años. Una de las ventajas de su nuevo empleo es que le permite estar más cerca de su familia, compartir tareas domésticas y ayudar más a la crianza de las niñas. De vender frescos vuelve al mediodía o tres de la tarde; del empleo anterior volvía a las ocho de la noche a su casa, tan agotado que llegaba a comer y dormir.    

Se apareció con un balde enorme y con varias bolsas de refrescos y las vendió. Al principio le daba pena —confiesa—, pero no se amilanó. Tiene familia, esposa y dos hijas, y no podía seguir esperando que lo llamaran de alguna empresa para emplearlo en alguna bodega, que era en lo que había acumulado experiencia. Romero trabajó alguna vez en el área de bodega de Coca-Cola y por último estuvo en la bodega de una empresa de guatemaltecos que vende llantas de segunda en el sector del Mayoreo.  

Su trabajo consistía en cargar, descargar. De tanto esfuerzo un día le salió una hernia. Lo operaron, el Seguro le mandó el reposo necesario, pero le recomendaron evitar al máximo la carga. Esa fue la causa de su despido. Un día uno de los guatemaltecos lo mandó a llamar y le dijo: “Así no me servís, hasta aquí, ya no voy a ocupar más tus servicios”.   

“Y me mandó a descansar”, dice y sonríe con pena. Usa la palabra “descansar” como un eufemismo y cuenta la anécdota sin rencor. Eso pasó hace casi dos años. De inmediato metió papeles en muchas oficinas y empresas. Nunca lo llamaron. Esos seis meses sin trabajo fueron difíciles, asegura. A él nunca se le hubiera ocurrido la idea de vender frescos pero fue su mamá la que le propuso el negocio y a él le pareció, pero entonces se planteó la pregunta de ¿dónde vender los frescos? Romero vivía en el barrio Nora Astorga, contiguo a Batahola Sur y andando por las calles se fijó en el Zumen, pero estaba saturado de vendedores ambulantes, entre ellos varios termos con refrescos.   

EL PUNTO BENDITO  

Un domingo venía de predicar por las calles de Batahola y pasó por la avenida, reparó en la soledad de aquellos enormes chilamates, que proyectan una sombra inigualable y ¡zas! se iluminó: “Aquí me voy a poner”, se dijo y al otro día se paró con su balde de frescos al pie de uno de los árboles y a pocos metros del semáforo de El Gigante.

Y, como si ese lugar hubiera estado esperando que algún negocio floreciera allí, los vehículos empezaron a detenerse y a pedir refrescos de frutas, chía con tamarindo, zanahoria con naranja, semilla de jícaro, cacao, melón, granadilla con naranja y remolacha con naranja.     

También, los transeúntes, muchos de ellos estudiantes de la Aldea SOS, se detenían para beberse un fresco. “Es un fresco exquisito”, dice un estudiante de secundaria que a veces se ha bebido hasta cuatro frescos de un solo.

A diez pesos, se vendían rápido las bolsas que son “puro fresco y sin hielo. Si usted se fija el único hielo está en el balde”, dice Romero, quien pronto aprendió a prepararlos él mismo y se independizó de su mamá.

Diario, Romero vende setenta bolsas de fresco. Pudiera vender más, si se quedara todo el día, pero por ahora para él es suficiente.  

DA PARA COMER   

Llega a las siete de la mañana y generalmente antes de mediodía se ha ido. Al principio traía el balde con los refrescos en taxi, pero le cobraban hasta ochenta córdobas por un trayecto corto, relativamente corto, entonces, se hizo de un triciclo y ahora pedalea de su casa hasta el remanso de los chilamates.

Romero cuenta que el negocio de los frescos “no requiere de ciencia” alguna, es cuestión de comprar las frutas, pelar, mezclar con agua y azúcar, empacar y poner a enfriar. Diario, invierte cincuenta pesos de hielo para mantener los frescos helados en el balde.

Todas las tardes, Romero va al mercado Israel Lewites a comprar las frutas, que luego molerá en frescos, pero también compra la comida de su casa. “Con esta venta cubro algunas necesidades”, dice.  

Carlos Romero halló un punto ideal para vender refrescos naturales en la capital, a un lado del semáforo de El Gigante, en Batahola.  LA PRENSA/ A. MORALES      

Carlos Romero halló un punto ideal para vender refrescos naturales en la capital, a un lado del semáforo de El Gigante, en Batahola.  

CONOCER LA CALLE     

Un taxi pasa por el punto de Romero y baja la velocidad al mínimo, el vendedor detecta que viene por refrescos y en seguida corre con las manos cargadas de bolsas rosadas. Entrega una, dos bolsas, al tiempo que agarra los billetes.

“Hay mucha gente que sale de su casa sin desayunar y pasa por aquí comprándose un fresco. También hay gente que prefiere beber frescos en lugar de una gaseosa que es dañina”, explica.

—¿Nunca se han ido sin pagarle?

“Fíjese que no. Aquí me siento bendecido”, contesta este hombre que vende refrescos de lunes a sábado. 

Después que perdió la pena, aprendió a fijarse y entablar amistad con el vecindario. “Aquí todo el mundo me conocía”, dice. Algunos ya lo conocían por su trabajo evangelizador. A otros, muchos estudiantes, los ha conocido ahora.

Mientras cuenta su historia, sin soltar las bolsas de refrescos y sin alejarse del balde más que cuando aparece un potencial cliente en carro, pasa una motocicleta sobre el andén. Va en contravía y sin placa trasera. “Es policía, pero va de civil”, comenta Romero, quien se precia de conocer a la gente que circula en la zona.

Su balde de frescos permanece a un metro escaso de la avenida donde hay una ruda circulación de carros. Fue testigo de tres accidentes con heridos, no recuerda muertos. “El último (accidente) lo reprendí y no hubo más accidentes”, dice y luego explica que ha descubierto que tiene “el poder de la oración” para alejar lo malo de su vida.  

SOMBRA GENEROSA 

Lo que no ha logrado alejar es la competencia. Después que él se plantó al pie de los chilamates, al otro lado de la calle apareció otro vendedor de refrescos. “Es gente del Zumen que vio que aquí se vendía y se movieron”, dice resignado y satisfecho de que la clientela no ha disminuido.

Romero tiene la esperanza de ampliar su venta de refrescos, no sabe dónde, primero necesita encontrar a alguien de confianza para definir cantidad de refrescos y lugar.

Por ahora, está contento con los frutos que ha recogido a la sombra de los chilamates. “Estos árboles me protegen del sol… y también de la lluvia”, dice mientras dirige su mirada al tronco donde tiene arrimado su triciclo.    


“Es duro estar sin trabajo y es duro también tener un trabajo donde solo te oprimen y te humillen”. Carlos Romero, vendedor de refrescos naturales en el barrio Batahola.    


Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua. 
Sección: Reportaje Especial.  
Martes 12 de Abril del 2016.  
Fecha Original: Viernes 17 de Abril del 2015.

viernes, 5 de febrero de 2016

Una deliciosa tradición familiar

Una deliciosa tradición familiar      
El señor Victorino Castro, en conjunto con la doctora Ivonne Castellón, tiene aproximadamente una manzana sembrada de fresas, las que cultiva de manera tecnificada.  

Por: Sara Ruíz  

Para los vendedores de fresas de Las Pilas es una satisfacción ofrecer productos frescos, libres de químicos y cultivados de manera artesanal con el amor y cuidado que solo las familias productoras le dan a las plantitas de flores blancas y de ricos frutos rojos. El cultivo de esa fruta se ha hecho una tradición para las familias productoras de la comunidad de Las Pilas, en el municipio de Jinotega.

En esta comunidad son aproximadamente cinco productores de fresas los que mantienen las cosechas en el año y comercializan el producto en Estelí, Managua y Jinotega.   

Uno de estos productores es don Felipe Castro, quien junto con su familia trabaja para el cultivo de fresas en esta zona donde las variaciones del clima han afectado bastante, sin embargo agradecen a Dios que sus plantas siguen creciendo y dando frutos. 

Explicó que para poder cultivar las fresas inician en noviembre preparando el terreno para poder sembrar los estalones y aprovechar al máximo el verano porque es la única temporada recomendable para el cultivo. Castro, de 37 años, recuerda que la tradición del cultivo de fresas en la zona la inició su abuelo Vicente Castro Gadea con un terreno de tres cuartos de manzana.  

        
El señor Victorino Castro, en conjunto con la doctora Ivonne Castellón,
tiene aproximadamente una manzana sembrada de fresas, las que cultiva
de manera tecnificada.  

Para cultivar las fresas la familia Castro explica que se requieren cuidados moderados y constantes, sobre todo para el control de las plagas que atacan a las plantas, es importante además el control de maleza. A pesar de que todavía no han establecido el sistema de riego por falta de recursos económicos, Felipe Castro explicó que la altura y el clima son favorables para el desarrollo del fruto.

Toda la familia trabaja para poder proporcionar un cuidado adecuado a las plantas. Los mayores heredan sus conocimientos a los más pequeños y en el caso de Felipe le enseña a su hijo menor Neyser, de 9 años, a seguir con la tradición familiar.    

“Nosotros estamos felices por poder continuar la tradición de mi abuelo, además de nosotros mi tío Victorino Castro trabaja en conjunto con doña Ivonne Castellón para cultivar fresas de calidad”, comentó Felipe Castro, quien en su parcela tiene 7,500 plantas.

A diferencia de don Felipe, hay tres productores que mantienen un cultivo permanente gracias a la tecnificación de sus terrenos, los cuales emplastican para evitar el contacto de la flor con el suelo para que esta no se arruine. Entre los productores permanentes están Erwin Castro, Jorge González y Victorino Castro (tío de don Felipe). 

Los costos de las fresas oscilan entre los 40 córdobas en compras al por mayor y en compras menores a 60 córdobas la libra, que es vendida en los tramos ubicados en el kilómetro 159 de la carretera Matagalpa-Jinotega.

El mantenimiento que se le da a las fresas más que todo se debe a la fragilidad de la planta porque esta es atacada desde la raíz por las cigarras, el gorgojo, las mariposas y larvas que comen hojas dejando desprotegida a la planta, por lo que Elías Castro, hermano y asesor técnico de Felipe, explicó que el costo inicial para mantener sus terrenos es de 8,000 córdobas, para combatir las plagas y garantizar el crecimiento de entre 15 y 20 flores de fresas por plantita. 

La mayor satisfacción de esta familia, según concuerdan los hermanos Castro, es poder ver cada planta con su flor blanca, como signo de la esperanza de mantener sus tradiciones de generación en generación. Cada flor es una futura fresa.

120 libras semanales de fresa obtiene el señor Felipe Castro. Los que cultivan más, como don Victorino Castro, sacan 250 libras al mercado. 

   
En Las Pilas, don Victorino Castro tiene un sistema de
emplasticado de suelo para evitar la contaminación de
sus cultivos. 

ESTÁN MÁS TECNIFICADOS   

Desde que habla del cultivo de las fresas, el señor Victorino Castro muestra en su porte y su tonalidad un increíble amor a su trabajo y sus plantas. Oriundo de la comunidad de Las Pilas fue más allá de la forma de cosecha tradicional de fresas y empezó a innovar con un sistema de emplasticado de suelo para evitar la contaminación de sus cultivos.

“Las fresas que nosotros tenemos son de una variedad de California, llevamos veinte años cultivándolas en la familia y no hemos dejado que se pierdan desde cuando las trajeron a Las Pilas”, comentó Victorino, quien durante nueve años ha tenido como socia a la doctora Ivonne Castellón, conocida por ser emprendedora y vender, además de medicamentos, cajas de fresas en la centenaria farmacia jinotegana que lleva su apellido.

Don Victorino y su hijo recorren tres kilómetros diariamente desde las 6:00 a.m. para limpiar, deshierbar, regar y cortar las plantitas de fresas que crecen tímidamente en medio de bancos de tierra plastificados.

A diferencia del cultivo tradicional, estas corren menos riesgo de daños por el contacto con la tierra, aunque no están exentas al ataque de arañas, mariposas y de las ardillas que llegan a comerse los frutos de vez en cuando. 

Tomado del diario digital, www.laprensa.com.ni , Managua, Nicaragua. 
Sección: Reportaje Especial. 
Viernes 05 de Febrero del 2016.